Borja Jiménez Serrano gana el Concurso de Relatos de Amor 2026 con “Al otro lado del cristal”
La Concejalía de Participación Ciudadana ha dado a conocer el fallo del jurado del Concurso de Relatos de Amor celebrado durante el pasado mes de febrero. La temática elegida para esta tercera edición ha sido “Un amor distinto a los demás”, invitando a los participantes a explorar nuevas miradas sobre el amor en todas sus formas. El joven vecino Borja Jiménez Serrano se ha alzado con el premio gracias a su relato “Al otro lado del cristal”, una historia que ha conquistado al jurado por su sensibilidad, profundidad y cuidada narrativa. 
Borja Jiménez Serrano, ha sabido plasmar en su relato una visión íntima y emotiva del amor, abordándolo desde una perspectiva original y llena de matices. “Al otro lado del cristal” destaca por su capacidad para conectar con el lector y transmitir emociones universales a través de una historia cercana y delicadamente construida.
Desde el Ayuntamiento se ha querido felicitar públicamente al ganador, subrayando que “en San Martín de la Vega hay mucho talento y es fundamental seguir creando espacios donde pueda desarrollarse y darse a conocer”.
El éxito de esta edición reafirma el compromiso municipal con la cultura y la participación ciudadana, consolidando este concurso como una cita destacada en el calendario cultural del municipio en el mes de febrero.
Al otro lado del cristal
Sonó el despertador, como cada mañana desde que ella tenía conciencia.
Las persianas aún permanecían bajadas; los árboles fuera bailaban al son del viento, un tango acompasado. Gorriones y demás fauna aún no se habían despertado.
No se oían los cláxones de los coches ni el humo de las fábricas ascendía todavía hacia el cielo encapotado de aquel extraño febrero.
Se apeó de un salto de la cama; todavía se encontraba ágil. Se desperezó como pudo, estirando bien todo su cuerpo. Comenzaba el ritual de todas las mañanas.
Ella, siempre atenta, se despertaba la primera y bajaba las escaleras en forma de caracol…
Un largo trago de agua fresca recorría todo su cuerpo, llenándolo de vida y tomando conciencia de que se encontraba en este plano terrenal. Era todo su desayuno; eso la despertaba del letargo nocturno.
Y entonces empezó la magia —o la rutina, como quieras llamarlo—. Hay quien se queja de ella y luego la maldice cuando la pierde. Ella era de las que estaba feliz con esos hábitos, siempre pendiente de estar la primera despierta para, cuando la familia fuera abandonando el hogar, despedirse de ellos.
Esa era su vida. Todos se habían acostumbrado a eso, y ella pacientemente esperaba que se marcharan para tener esos momentos de soledad que tanto le gustaban y esos encuentros furtivos que alegraban su existencia.
Primero se marchó él, dejando el olor de su perfume en el pasillo. Ella, siempre atenta, lo despedía amorosamente. Era un gran padre, una gran persona; sentía un gran amor por él. La trataba muy bien, era cariñoso con las niñas, la cuidaba cuando estaba enferma y nunca le faltaba de nada en esa casa.
Pero no era lo mismo. No era esa sensación la que sentía cuando le veía al asomarse a la ventana.
Se despertaron las niñas: media hora intensa antes de irse al colegio, en la que, como una olla a presión, todo se cocina a gran velocidad.
Desayuno, baño, me peino, me visto… no, vístete tú; que no, que yo; que me toca… ¿qué ropa me pongo? Mochila preparada: una prórroga en la final del mundial diaria.
Se despidió de ellas. Eran su vida, lo eran todo para ella; seguramente el motivo por el que aguantaba en esa casa y no hacía caso a sus instintos más primarios.
Se cerró la puerta y llegó la paz. No creáis que no los quería, pero no era el mismo amor, no era el mismo fuego que sentía con esos encuentros fortuitos.
Las persianas estaban subidas y, tras dar una vuelta por la casa, se apoyó en el alféizar.
Mientras esperaba junto a la ventana, sabía que había alguien al otro lado que la conocía mejor que nadie.
Las pulsaciones empezaron a dispararse; los sudores le recorrían el cuerpo. Estaba nerviosa. Era el mejor momento del día y no quería desaprovecharlo.
Estuvo acicalándose a conciencia. El día comenzaba a abrirse paso: el gris de la mañana se derritió en un radiante sol de invierno.
De repente, allí estaba, frente a su ventana, apuesto, mirándola. Ella le miraba; el sol le traspasaba el rostro y esos ojos verdes jade brillaban deslumbrantes, reflejando en ellos un arcoíris.
Era su momento, las miradas se cruzaban todos los días; eran intensas. Podían sentir el calor corporal en el reflejo del vidrio.
Un hilo transparente parecía unirlos. Estaban tan cerca y, a la vez, tan lejos. Nunca se tocaban, solo se veían. Eran el amor prohibido, cada uno atrapado dentro de su cárcel, sin poder salir.
Así se pasaban las mañanas, los días, las estaciones, los años…
Siempre igual, mirándose a través del cristal, sin atreverse a dar el paso ninguno de los dos: abandonar su hogar.
Sonó la puerta. Llegaron las niñas del colegio. Bajó tranquilamente las escaleras para recibirlas, todavía con el corazón palpitando. Eran dos amores distintos, pero ella eligió ser fiel, y por eso aguantaba con su familia, a pesar de que su corazón perteneciera a otro.
Las saludó efusivamente; ellas también. Comieron, se sentaron en el sofá, acurrucadas en su manta favorita, y ella empezó a ronronear.






