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El término municipal de San Martín de la Vega fue ocupado por el hombre desde la más remota antigüedad. Se han documentado hallazgos de industria lítica en los llanos cercanos a la Casa del Olivar Alto. Consta, por hallazgos de cerámicas, que ya en la Edad de Bronce había grupos asentados en los cerros de La Marañosa. Cerámicas mucho más frecuentes de la Edad de Hierro II, ponen de manifiesto que el poblamiento carpetano seguía instalado en los cerros. Todavía allí tuvo lugar la romanización de la población, según se deduce de los abundantísimos fragmentos de “terra sigillata” hispánica clara. Y es de suponer que con la “pax romana”, los asentamientos fueron extendiéndose por la vega, porque Fuidio dejó constancia de la existencia de restos de una “villa” en La Peñalvilla. En el período romano, por San Martín de la Vega pasaba la vía que comunicaba dos importantes ciudades, Toletum y Complutum (en nuestros días Alcalá de Henares), carpetanas primero y romanas después, vía documentada por aan Isidoro y más tarde por la crónica de Abderrahman III. Un poco al sur otra vía cruzaba desde el Mediterráneo a Salamanca, la “Vía del Esparto”, probable camino de vuelta seguido por Aníbal en su expedición del 220 a. C. Los visigodos ocuparon los antiguos asentamientos romanos. En las proximidades de Gózquez se han hallado restos de esta época. Los abundantes restos de cerámica califal con y sin vidrio en el yacimiento de Alvende testimonian la ocupación árabe de la zona. Hay motivos para pensar que de esa época datan los más antiguos canales de irrigación.

Cuando Alfonso VI reconquista Madrid y Toledo, San Martín de la Vega queda incorporado a la corona de Castilla. Parece que esta zona no tenía gran interés para la ciudad de Toledo, cuya política expansiva estaba dirigida hacia los inmensos valles del Tajo y el Guadiana. En vista de ello, para que estos territorios fueran debidamente repoblados, Alfonso VIII, en 1208, se los concedió a la ciudad de Segovia. De esta manera, el Rey Noble pagaba los auxilios dinerarios de los segovianos, que tanto necesitaba para organizar la guerra contra los almohades. San Martín de la Vega quedó integrada en el sexmo de Valdemoro, que junto al de Casarrubios eran los términos más meridionales de la Tierra de Segovia. “Sexmo” es distributivo de seis (aunque al olvidarse el origen de la palabra, Segovia llegó a tener once sexmos) y estos territorios recibían así mismo la denominación de “quiñones”, que en su también olvidado origen había significado quintas partes. Y por último, los territorios se dividía en “cuadrillas”, distributivo de cuatro, que todavía en el siglo XV recibían a veces el nombre de cuartas partes. La Vega del Jarama estaba divididan en cuatro cuadrillas: la primera, la de Ciempozuelos y Las Rozas, la segunda, la de El Casar (hoy San Antón), la tercera, la de San Martín, con Vallecas y Ribacorza y la cuarta, la de Espartinas. También la ciudad de Segovia estaba dividida en cuatro cuadrillas, pero sin que existiese relación entre unas y otras. Madrid protestó por el cerco a que le sometía Segovia. Hubo varios pleitos entre ellas y San Fernando tuvo que intervenir marcando los límites entre las tierras de ambos concejos. Aunque nominalmente San Martín (así se llamaba entonces) y los demás lugares de los sexmos eran de realengo –eran vasallos del rey– las oligarquías de la ciudad, por medio de su concejo, ejercían un señorío “de facto” sobre los sufridos habitantes de las aldeas. Prueba de ello es que a mediados del siglo XIII, el concejo de Segovia decidió dar estas tierras a los “quiñoneros”, miembros de la caballería de la ciudad. La única obligación de estos caballeros era el estar preparados para acudir a los llamamientos del Rey para sus campañas, normalmente veraniegas, y para que pudieran dedicarse al ejercicio de las armas sin distraer su tiempo en otros quehaceres, se les daban las rentas de estas tierras, que gestionaban con manifiesto absentismo y notable incompetencia, entre otras razones porque tenían obligación de residir en la lejana ciudad. El resultado fue que muy pocos labradores tenían interés en trabajar en semejantes condiciones y estos lugares seguían poco poblados. Por otra parte, a pesar de la prohibición expresa, varios miembros de la oligarquía de la Ciudad, con el permiso escrito del concejo, se hicieron con propiedades en el sexmo de Valdemoro.

En 1442 se hizo un nuevo intento de repoblación, esta vez con éxito, bajo los auspicios del denigrado don Enrique IV, cuando todavía era Príncipe de Asturias y además Señor de Segovia. Los quiñoneros vendieron sus tierras a lo que podríamos llamar “el Ayuntamiento General de Pueblos”, que a su vez, en el sexmo de Valdemoro, hizo dejación de las tierras a los concejos de cada uno de los pueblos, que ostentarían la titularidad dominical de éstas, permitiendo a sus habitantes solamente el usufructo de ellas, mientras las trabajasen. Si algún quiñonero quería entrar en el nuevo sistema podía hacerlo, pero en las mismas condiciones que los demás, es decir, labrando por sí o por sus criados a sueldo, pero no arrendando la tierra. Hubo algunos quiñoneros, pocos, que se apuntaron a esto, pero en el caso de San Martín las cosas acabaron mal y el concejo hubo de llegar a un acuerdo con Juan Ruiz de Tapia (así se llamaba este último quiñonero que por cierto, no era de la cuadrilla de San Martín de la ciudad de Segovia, sino de la de San Millán) para comprarle sus heredades y obligarle a marcharse. Este caballero tenía una casa fuerte con torre, murallas y foso –amén de otras muchas propiedades– que los sanmartineros derribaron cuando le echaron. El concejo también pleiteó con don Esteban de la Hoz, canónigo segoviano que tenía propiedades en el pueblo.

En el año 1443, como resultado de la venta de los quiñones, San Martín de la Vega tuvo sus primeras “Ordenanzas de Población”, otorgadas por la Ciudad y Tierra de Segovia y confirmadas por don Enrique IV en una “carta puebla”. Consecuencia de ello fue que nuevos pobladores vinieron a vivir procedentes de pueblos de señorío próximos, en las condiciones señaladas en la venta de los quiñones respecto a la propiedad de la tierra. Las casas, huertas, viñas y olivares podían ser de propiedad particular. Las casas debían ser tejadas y de veinte pies, o más si más quisiesen. Se dieron al concejo, para el común de los vecinos, varias dehesas, entre ellas el Soto del Tamarizo. Con bastantes contratiempos, que en aquella época estaban a la orden del día, el pueblo fue prosperando. Uno de estos contratiempos fue una plaga de langosta en 1483, pero el problema fue solventado por la intervención de San Marcos, que desde ese momento es honrado cada año con fiestas en su día. Durante mucho tiempo se daba en esa fiesta caridad de pan y queso a quien quisiese tomarla, para lo que el Concejo tenía destinado un tercio de lo que rentaba la barca de propiedad municipal que cruzaba el río. Todavía queda la calle de la Caridad.

También hay que destacar que los vecinos de Valdemoro, vasallos del indigno arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, no veían con buenos ojos que San Martín se poblase, porque hasta entonces habían ocupado su término con absoluta impunidad. Realizaron ataques violentos con armas y promovieron pleitos que eran juzgados por su propio señor en tribunales eclesiásticos de forma incalificable. También hubo un pleito con Chinchón por los aprovechamientos de la tierra.

Estando así las cosas, en 1480 los Reyes Católicos olvidaron el juramento que Isabel había hecho cuando fue proclamada reina en Segovia (y aunque a la hora de su muerte se arrepintió, su marido no cumplió sus últimas voluntades) y separaron de la Tierra de Segovia 1200 vasallos de los sexmos de Valdemoro y Casarrubios. En un principio lo hicieron parasí, por lo que concedieron a San Martín jurisdicción propia, dándole el villazgo, alcaldes, alguacil, horca, picota y cepo y todas las otras insignias jurisdiccionales y lo declaraban exento y no sujeto a la jurisdicción de Segovia. Hasta entonces los habitantes de las aldeas tenían que acudir a la ciudad para dirimir los pleitos de mayor cuantía. A partir de ese momento todos los pleitos, civiles y criminales serían vistos por los alcaldes de la villa, que en aquellos tiempos eran jueces. Los ediles se llamaban regidores y el alguacil era el brazo ejecutor de la justicia. Pero un mes más tarde donaron los 1200 vasallos (118 de ellos, cabezas de familia, en San Martín) a don Andrés de Cabrera, mayordomo de la reina y a doña Beatriz de Bobadilla, su mujer, ya marqueses de Moya, en pago por los servicios que les prestaron para “haber y cobrar la sucesión del reino de Castilla”, según propia declaración de Isabel. Segovia protestó por la segregación de forma airada y harto extravagante pero de nada le valió y anduvo metida en pleitos contra los Cabrera y los concejos de los pueblos durante cien años en razón de que tanto unos como otros se habían apropiado de terrenos que, decían, eran propiedad comunal de la Ciudad y Tierra, porque habiendo sido lugares poblados antiguamente, en el momento de la cesión estaban despoblados, sin vasallos (probablemente a causa de la peste de 1348) y por tanto no podían ser segregados.

En cualquier caso, la Ciudad actuó de mala fe puesto que ignorando la carta de población de San Martín, pedía a ésta la devolución de Vallecas, Vallequillas, el Soto del Tamarizo y otros lugares. Entre estos lugares estaban Gózquez, San Esteban (hoy La Boyeriza) y Alvende (La Sopeña). Felipe II los compró para dotar al recién temente fundado monasterio de El Escorial. Más tarde, disuelto el Monasterio, pasaron a ser una “Hacienda Real”. Los tranzones eran arrendados para su cultivo a vecinos de San Martín, grandes extensiones a los dueños de grandes haciendas y pequeñas extensiones a los de haciendas pequeñas.

En el siglo XIX fueron vendidos, como consecuencia de la Desamortización, a particulares que pudiesen pagar al contado.El vasallaje implicaba que los oficios municipales los nombraba el señor en vez de hacerlo el rey y también el señor cobraba las alcabalas –impuestos indirectos–. Más tarde, después de la guerra de las Comunidades, los Cabrera fueron nombrados Condes de Chinchón, pues Chinchón era el pueblo más importante del antiguo sexmo de Valdemoro desde que en 1349 Alfonso XI había vendido la villa cabeza del sexmo. En 1642 recibieron también el título de Marqueses de San Martín de la Vega. No consta que en San Martín hubiera problemas importantes con los señores mientras duró el señorío que, como todos, fue abolido en el siglo XIX. Hay testimonios de que en el siglo XVI los labradores de San Martín –por lo menos los “mayores”, esto es, los ricos– vivían bien y comían mejor y hasta pudieron comprar un reloj en 1607 y construir un molino y una pontecilla de madera que pronto se llevó una riada. Mientras estuvo en servicio, el concejo cobraba pontazgo, lo mismo que peaje por pasar en la barca.

El pueblo recibió una pequeña ayuda en 1572, cuando al acabar la sublevación de Las Alpujarras, el pueblo recibió 38 moriscos, mano de obra barata y suponemos que cualificada en labores agrícolas. Y poco a poco fue olvidándose el espíritu de las ordenanzas fundacionales. Los vecinos, ya en 1560, consideraban propias las tierras, transmitiendo su propiedad por herencia y haciendo donaciones a obras pías. Se fundaron entonces muchas cofradías que se mantenían con las rentas de tierras donadas por los piadosos sanmartineros y así estuvieron las cosas durante más de doscientos años hasta que un buen día, animados algunos vecinos por el espíritu de la Ilustración, se entabló un pleito ante el Real y Supremo Consejo de Castilla por un Promotor Fiscal que actuaba en nombre de la mayoría de los vecinos contra el Procurador Síndico General y otros hacendados sobre la observancia del Privilegio y Ordenanza de Población, en cuanto a la libertad y franquicia de labrar entre todos los vecinos todas las tierras de labor del término, sin pagar por ello arrendamiento ni pensión alguna. Protestaron los hacendados alegando el derecho de prescripción, el que desde antiguo se venían arrendando y enajenando las tierras y el que muchas de ellas se habían donado a obras pías, pero de nada les sirvió.

El Real Consejo sentenció en 1765 y ratificó en 1767 que eran nulos todos los arrendamientos de tierras de labor del término municipal y que en adelante no se hicieran. El Real Consejo comisionó al corregidor de Yllescas para hacer cumplir la sentencia, el cual se trasladó a San Martín y, tras despojar de las tierras a los hacendados, volvió a poner a tres repartidores para que repartiesen las tierras haciendo suertes por diez años, como se hacía en la Edad Media. De todas las cofradías existentes sólo sobrevivió la de Nuestra Señora del Rosario, que sigue activa en nuestros días. La preciosa capilla de la Cofradía del Santísimo Rosario, al lado de la epístola del templo parroquial, parece que se construyó entre 1653 y 1657. También parece que por esa época se construyó la airosa torre del campanario. Queda constancia documental de que en aquellos años se acometieron obras importantes en la iglesia parroquial, que por entonces se llamaba de Santa María y que existía ya en la Edad Media. También sabemos que la ermita de San Marcos se construyó en 1553 por varios vecinos a título particular, para poner en ella una imagen del santo, que ya tenían. Había en el pueblo otras ermitas, algunas con buenos retablos, que fueron desapareciendo. La plata de la iglesia se la llevaron los franceses en 1810, con el beneplácito del conde de Cabarrús, para protegerla, decían, de “las partidas de bandidos que suelen ir robando las alhajas de plata que encuentran”.

Aunque pocos años antes de la sentencia del Real Consejo de Castilla de 1765 se había completado la construcción de la Real Acequia del Jarama, casi como hoy la conocemos, el primer proyecto data de tiempos de Felipe II, contribuyendo a él personas tan distinguidas como Juanelo Turriano y Juan de Herrera. Hay quien sostiene que fue Herrera el arquitecto del Castillo de Compuertas, construido con las piedras de la iglesia del despoblado Alvende. El segundo proyecto, de 1683, llevó el agua hasta el desaguador de Matalobos. Hubo que hacer importantes reformas –y prolongaciones– en 1740 y más tarde en 1910-1957. La nueva presa del rey se concluyó en 1971. En 1936 se completó la obra del puente sobre el Jarama que en 1947 quedó en seco.

Y no se puede acabar este resumen histórico sin recordar que San Martín de la Vega ganó triste celebridad por ser, durante la guerra civil española, teatro de una de las más sangrientas batallas libradas en ella, la batalla del Jarama, que tuvo lugar en su término municipal. Según un historiador militar “la batalla acabó por agotamiento de ambos contendientes” y produjo daños de consideración en muchos edificios del pueblo y muchas pérdidas humanas en ambos bandos.

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